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Modopup · La revista Puppy & Friends de Pup Jay

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Eventos y textos de pup play en Bogotá

Dossier

Las horas de una primera noche

2610 palabras

Una noche de modopup no empieza cuando se cruza la puerta. Empieza con un correo que llega días antes, sigue por una portería, un salón con colchonetas y varias horas de no saber bien qué hacer, y termina en la calle, de vuelta al apartamento. Este dossier recorre esa noche en orden, desde el mensaje hasta el camino de vuelta. Es para quien va por primera vez y para quien quiere entender lo que pasa antes de que empiece.

Antes de que exista la noche

El camino de entrada es corto. Se deja un alias y un correo en el formulario, se abre el enlace de confirmación que llega después y ya. El alias lo escoge cada quien: puede ser un apodo, un nombre de pila o una palabra inventada, y nadie lo cruza con la cara ni con el trabajo de nadie. Si ese enlace no se abre dentro de las siguientes 72 horas, lo que se mandó se borra.

Registrarse ahí no ata a nada. No se paga nada, no hay tarjeta de por medio y no existe una lista de asistencia que llevar. Ese registro sirve para saber a quién se le avisa cuando hay fecha. Las fechas se anuncian por correo a quien está en la lista, y de ahí en adelante cada persona decide si va o no.

Cuando ya existe un evento publicado, el registro es otro: ahí sí se inscriben las personas que quieren ir a esa fecha, y el formulario pide nombre completo y cédula de ciudadanía. Tiene una razón práctica y ninguna otra. En Bogotá hay edificios y conjuntos donde la administración exige saber con nombres quién va a estar ahí antes de ceder un espacio, igual que cuando uno reporta una visita en la portería.

La lista que recibe la portería

Esa lista se entrega a la administración a más tardar 48 horas antes del evento, con nombres completos. La entrega la hace la persona que organiza la noche, que además se queda toda la reunión con el teléfono a la mano para atender lo que haga falta.

La lista tiene un solo lector: la administración del edificio. No circula por los mensajes de los vecinos, no se publica en ninguna parte y a los 30 días después del evento se borra. Los datos que pide ese formulario no alimentan ninguna lista de correo, ninguna agenda de contactos y ninguna publicidad. Se guardan cifrados mientras dure la noche.

Dos cosas vienen decididas desde antes de la fecha. Entran solo personas mayores de 18 años, sin excepción, y el juego se queda dentro del salón reservado. En portería, en el ascensor y en el pasillo, el comportamiento es el de cualquier reunión de amigos, con la música apagada cuando empieza la hora de descanso del edificio.

La cuadra a las ocho de la noche

Desde la calle, una noche de pup play en Bogotá se ve exactamente igual que cualquier plan de sábado. Camiseta o buzo, jean, tenis o botas, el pelo como lo lleva cada uno. La ropa de calle no es una recomendación: es la norma en todo lo que no sea el salón. El equipo, si alguien usa algo, se lo pone al entrar y se lo quita antes de salir.

En un conjunto residencial de Chapinero o Teusaquillo eso se ve raro solo desde afuera. Alguien sube las escaleras o cruza el salón con la misma cara con la que uno sube cuando llega un amigo a tomar algo. No hay aviso luminoso, no hay nada escrito en la puerta y no hay fila. Uno toca el timbre o escribe el mensaje de siempre, le abren, dice el nombre que dijo que diría y entra.

Ese detalle hace más trabajo del que parece. En una ciudad donde la ropa dice todo el rato quién es cada uno, llegar vestido como se llega a cualquier parte es lo que hace que la primera vez no se sienta como una entrada disfrazada. Si el vecino de arriba se cruza en la escalera, se saluda como se saluda.

Hay una consecuencia práctica: el edificio ve la lista de ese día y el portero ve quién entra y quién sale. Esa visibilidad no es un riesgo para quien va, es lo contrario. Una noche que la portería reconoce como una reunión cualquiera es más fácil de aprobar que una que llega sin nombres.

Los primeros diez minutos

Lo primero que pasa adentro no es el juego. Lo primero es un saludo. Te abren, alguien se presenta, y de ahí en adelante te llaman por el alias que elegiste. Nadie va a saber en la noche cuál era tu nombre de registro y casi nadie te lo pregunta.

Lo segundo son las reglas. Se dicen en voz alta al principio y se repiten cuando hace falta. Son pocas: todo contacto necesita un sí claro, el silencio no cuenta, cualquiera puede parar el juego en el momento en que quiera, y la persona que está cuidando puede detenerlo sin pedir explicación. Escucharlas con calma es lo único que se te pide ahí.

Lo tercero es el dónde. Te muestran dónde se dejan las cosas, dónde está el agua, dónde se puede sentar sin estorbar y dónde se queda el celular. En una sala donde hay gente en el suelo, tener un sitio asignado para tus cosas elimina la mitad de los nervios de la noche. También suele ser el momento en que alguien te ofrece algo de comer o de tomar, y eso es buena señal: la conversación ya empezó.

La media hora en la que no se sabe qué hacer

Esta es la parte que casi nadie escribe y que todo el mundo recuerda. Los primeros minutos hay una incomodidad sin nombre. No sabes si deberías estar jugando. No sabes si la persona que está a tu lado espera algo de ti. No sabes si tu silencio se está leyendo como algo raro, y eso te ocupa más cabeza de la que quisieras.

La respuesta es que no hay nada que deberías estar haciendo. Una noche de pup play admite varias formas de estar: en el suelo jugando, sentado mirando, conversando, comiendo, apoyado en una pared. Buena parte de la gente en un mosh no está jugando. Está hablando, está cuidando, o está viendo lo que hacen los demás sin participar.

El formato pesa mucho en cómo se vive esa media hora. En el cine se puede pasar dos horas sin hacer nada raro. En el asado la conversación llena el rato. En el parque el juego nunca arranca del todo. El mosh es el único formato al que la gente va expresamente a jugar en el suelo, y por eso conviene no confundirlo con los otros tres. Cada formato tiene su propio ritmo, y esa hora cambia de golpe cuando se cambia de sala.

Cuando el cuerpo no coopera

Buena parte de quienes llegan por primera vez vienen esperando una sensación que ya tiene nombre: el headspace, ese momento en que la cabeza se calla y el cuerpo se mueve por su cuenta. Es lo que más se cuenta de esta manera de jugar.

Esa sensación no se pide. No hay forma de pedirla ni de garantizarla, y hay noches en que no llega. Investigadores que estudian el pup play describen ese estado como algo parecido a una forma de atención plena físicamente activa: cuerpo en movimiento, cabeza en calma. Es una manera de describir lo que narran las personas, no una técnica que se pueda aplicar a voluntad.

Quedarse la noche entera en modo humano, con ropa cómoda y conversa, sigue siendo una buena noche. Le pasa a mucha gente la primera vez y no dice nada malo ni del lugar ni de quien llegó. El artículo cómo se siente entrar en modo cachorro explica en detalle qué es ese estado y por qué puede ausentarse.

Lo que se ve desde la orilla

Mirar no es una categoría menor. Junto al juego siempre hay alguien de pie con una botella de agua en la mano. Esa persona es el handler y su trabajo consiste en que el juego siga siendo juego: fijarse en que quien está jugando está bien, avisar cuando alguien necesita una pausa y detener la sesión si algo se cruza. El dossier el handler explica ese papel completo.

Ese papel tiene su propia lógica en una primera noche. Estar de pie mirando es una manera de estar presente sin que nadie tenga que decidir nada sobre ti. Muchas primeras noches se pasan exactamente así, y de ahí suelen salir las ganas de volver.

Lo que se ve desde esa orilla también corrige las ideas que la gente trae de afuera. En una encuesta internacional con 733 participantes, el 49,03 % vive el pup play igual de social que sexual, y el 22,5 % lo vive sobre todo o únicamente como algo social. Solo el 4,42 % lo vive de forma exclusivamente sexual. Esa muestra es internacional, es de autoselección y no describe a Bogotá, pero muestra que el peso de una noche está repartido en varios lados a la vez.

Cómo termina una noche

No hay hora fija ni regla de salida. Una noche puede terminar porque alguien anuncia que se acabó, porque el cuerpo pidió descanso, porque al día siguiente se madruga, o porque a esa persona ya le dio. Cualquiera de esas razones sirve y ninguna necesita justificarse.

Quedarse hasta el final tampoco es una meta. Nadie lleva cuenta de quién se quedó más rato, y nadie va a comentar que te fuiste temprano. Recoges, saludas si quieres y te vas. El dossier convivencia cuenta lo que pasa con las despedidas y con las formas de irse cuando no se puede explicar bien.

La despedida, cuando la hay, es corta. Un saludo, un apretón de manos si quedó confianza, a veces un mensaje después con el número de alguien. Nadie pide un resumen de la noche ni una promesa de volver. Si hubo fotos, se respeta lo que cada quien dijo sobre ellas antes de que se tomaran: lo que pidió no salir, no sale.

El camino de vuelta

La salida tiene dos partes. La primera es salir del edificio y volver a ser una persona en la calle: cambiar la ropa, recoger lo que dejó en el salón, bajar por el pasillo hablando de cualquier otra cosa. Ese trayecto suele ser el más raro de la noche, porque a dos metros del salón ya hay un mundo en el que todo esto no está pasando.

La segunda es el camino a casa. Puede ser veinte minutos en bus, media hora manejando por una ciudad que ya se está apagando, o un paseo largo si la conversación con la persona que sales contigo se puso buena. El cuerpo todavía está en modo cachorro y la cabeza ya empezó a volver. Ese desajuste es normal y dura hasta que se llega.

Unos minutos de transición ayudan: agua, aire, estirarse, revisar el celular y contestar lo que haga falta. No es un ritual obligatorio, es la forma más fácil de cerrar la noche sin que se corte de golpe. Si al día siguiente hace falta más de eso, el artículo el día después de una noche sigue en esa parte.

Al día siguiente

La mañana posterior tiene su propio texto y no hace falta contarla acá: el día después de una noche la describe completa, con lo que ayuda en las primeras horas y por qué a veces llega el bajón.

Lo que de verdad importa de esta noche es lo que uno se lleva de ella, que es distinto del estado físico. Es la decisión de volver o no. Volver no es una obligación ni una deuda.

Si dijiste que sí y no fuiste

Esto pasa más de lo que la gente admite y no tiene consecuencia. La lista se arma con los nombres que respondieron, y una persona que dijo que iba y faltó no le debe nada a nadie: ni explicación, ni disculpa, ni mensaje después.

Si vas a faltar, un mensaje por WhatsApp antes de la hora basta. El motivo puede ser cualquiera y no hay que detallarlo. Si la ausencia tiene que ver con algo que pasó la misma noche, no hace falta hacer nada más: en convivencia está escrito cómo se va y por qué eso no se explica.

También al revés funciona igual. Puedes ir una vez y que no te enganche. Nadie te va a presionar la segunda, ni la tercera, ni la décima. El pup play funciona con gente que va cuando le nace y deja de ir cuando ya no le nace.

Los números de una noche

Cuatro datos de la encuesta internacional más grande que hay sobre el tema explican por qué una noche se ve como se ve. Esa encuesta tuvo 733 participantes y mucha participación de Estados Unidos, y fue de autoselección: no son datos colombianos, describen a la comunidad que respondió y a nadie más. Conviene decirlo cada vez que se citan.

El primero: el 84 % de quienes respondieron, 616 de 733, dijo que el pup play mejora su salud mental. Un 9,69 % dijo que no. Es una cuenta de lo que esas personas dicen de sí mismas, no una medición clínica, y por eso vale citarla como lo que es.

El segundo: el 49,03 % lo vive por igual como algo social y algo sexual, el 22,5 % lo vive sobre todo o solo como algo social, y el 4,42 % lo vive únicamente como algo sexual. Es el dato que más contradice la idea de que esto sea solamente sexo, y sale de la misma encuesta.

El tercero tiene que ver con la neurodivergencia. Una de cada dos de las personas participantes obtuvo en un cuestionario de detección de autismo un resultado que apunta a un diagnóstico de ese tipo. En la población general ese resultado aparece aproximadamente en una de cada 44. Es una prueba de tamizaje y no un diagnóstico, y esa diferencia separa un dato útil de una afirmación que no aguanta una pregunta.

El cuarto no es un porcentaje: es la forma de la palabra. Investigadores que estudian el pup play describen el headspace como algo parecido a una forma de atención plena físicamente activa. La comparación que hacen es con la atención plena, y ahí se queda.

Los otros textos

Lo que no cabe aquí está en otra parte. La idea de si el pup play es sexual y qué pasa adentro de una noche está en una noche cualquiera. El headspace, el equipo y cómo se entra al rol están en puphood. El papel de quien cuida está en el handler. Las reglas de convivencia y el consentimiento están en convivencia. La idea del alfa y por qué no creemos en rangos permanentes está en sin alfas. El primer mosh está contado en tu primera vez en un mosh, y lo que se vive al día siguiente, en el día después de una noche.

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