No tienes que opinar de todo
No tienes que opinar de todo
Llegas a un parche y al principio miras más de lo que hablas. Quién habla con quién, qué se parecen, qué no. Y en algún momento te das cuenta de que también te están mirando a ti. No hay nada malo en eso. Lo que aparece, sin que nadie lo pida, es una pregunta: qué están haciendo los demás y qué opinan de eso.
Esa pregunta no está obligada a recibir respuesta. Puedes quedarte callado y la noche sigue siendo exactamente igual.
Lo que no te van a preguntar
Cuando entras a una sala de estas, nadie va a preguntarte qué traes puesto, por qué lo traes ni desde cuándo juegas. No hay un mostrador donde te expliquen. Llegas, buscas dónde sentarte, y esperas a que la noche te alcance.
Puedes venir acompañado desde el apartamento o venir solo. Las dos formas son bienvenidas, y a nadie le corresponde juzgar por cuál llegaste.
Eso incluye la ropa. La máscara, el collar, las rodilleras, el arnés están puestos porque a alguien le gusta usar eso, no porque haya que defenderlo delante de nadie. Puedes llegar con todo el equipo o sin nada, y en una mesa las dos opciones se tratan igual.
Quien llega sin equipo no tiene que justificar por qué. Quien llega con todo no tiene que justificar para qué. Ese par de preguntas no se formula. Y cuando alguien la hace, la respuesta puede ser corta: "me gusta". Con eso queda.
Tampoco hace falta que opines de los demás
Lo mismo funciona del otro lado. Tú no tienes que opinar de la máscara del otro, de su cuerpo, de con quién juega ni de por qué llegó hoy y no hace seis meses. Puedes mirar, puedes no mirar, puedes quedarte en una esquina mientras otros juegan. Nada de eso es un compromiso.
También puedes preguntar, si de verdad te interesa. Lo que no hace falta es convertir lo que ves en una conclusión. La diferencia es corta: una pregunta abre, una conclusión cierra.
Por qué no sirve suponer
El fondo del asunto es que aquí nadie hace lo mismo. En una encuesta internacional con 733 personas, el 49,03 % dijo vivir el pup play por igual de social y de sexual, el 22,5 % lo vive sobre todo o únicamente como algo social, y apenas el 4,42 % lo vive de forma exclusivamente sexual. Son respuestas de gente que se escogió a sí misma, en su mayoría de Estados Unidos, y no son datos colombianos.
Es decir: cuando alguien llega con un collar puesto, no hay forma de saber qué está haciendo con eso. Puede ser una cosa, la otra, o las dos a la vez. Desde afuera la escena se ve igual en los tres casos.
Esa es la razón práctica para no opinar de lo que ves: no tienes los datos. La otra es más sencilla y no necesita ninguna encuesta: es tu noche, y no hay nada que se gane acertando.
Opinar y poner el tono no es lo mismo
Tener una opinión es interior. Poner el tono es público: es interpretar lo que hacen los demás y usarlo como si ya fuera el acuerdo. Lo primero se queda contigo. Lo segundo le llega a otro.
La diferencia se ve cuando alguien habla por el salón. "Ustedes deberían...", "Aquí eso no se hace...", "Eso se hace así". No está proponiendo. Está decidiendo en voz alta y esperando que los demás le den la razón.
El caso más común no viene de mala fe. Viene de alguien que llegó de otro espacio, donde el tono lo da alguien, y que aquí lo pone por costumbre. Entonces marca a qué hora empieza el parche, cómo se hace una dinámica, qué se hace al final. Son cosas que acá se preguntan, no se anuncian. Se corrigen con una frase corta y en el momento: "esto lo decidimos entre todos".
La versión pesada es otra. Hay alguien que decide por otros lo que no le toca: a quién le toca jugar, qué se hace con quien no quiere, cuándo se acaba la noche. Eso ya no es costumbre traída de otro lado. Es pasar por encima del acuerdo, y es lo único que aquí no se negocia.
El consentimiento va por encima de todo. Si alguien usa cualquier palabra, cualquier título o cualquier edad para saltarse el sí de otra persona, quien lo hace se va de la noche. No hay contexto que lo justifique.
Lo que sí se puede decir
Casi siempre hay una versión útil de lo que ibas a decir como opinión. Suele ser una pregunta: "¿alguien tiene la pelota?", "¿hace falta algo?", "¿cómo estás?".
Esas tres hacen trabajo en cualquier parche. Mueven turnos, muestran quién está presente y no dependen de cómo se haya presentado nadie.
Si de verdad te interesa lo que estás mirando, preguntar rinde más que suponer. "¿Qué tal la máscara? La primera vez pensé que era demasiado" es un comienzo honesto. Lo que casi nunca hace falta es comentar cómo lo ejecuta otro. "Eso no se hace así" es una frase que llega tarde la mayoría de las veces.
Para leer después
El dossier sin alfas tiene la parte larga: de dónde salió la palabra, qué se estudió después y cómo se maneja cuando alguien llega con rango de verdad.
Si lo que te interesa es la otra mitad, la de las funciones y la energía que uno trae para competir, el artículo aquí no hay nada que subir va por ahí. Y la palabra por separado tiene su propio texto: alfa, la palabra que no explica nada.
Ninguna de las dos te obliga a tener una opinión. Te dan permiso para no tenerla.